Penélope

El cerebro humano es tan fascinante como misterioso.  No pensamos mucho en ello, pero es gracias a este órgano – que ni siquiera es el más grande de nuestro cuerpo – que somos.  Somosnuestros cerebro. Pensamos, amamos, aprendemos, sentimos, imaginamos, creamos y decidimos con él.  Sin quererlo, sin estar conscientes de ello, controlamos nuestra temperatura, nuestra tensión arterial, el movimiento de nuestro intestino y mantenemos la frecuencia cardíaca; nuestras pupilas se adaptan a la luz; podemos apreciar la puesta del sol y oler la tierra mojada; distinguir lo salado de lo dulce, e identificar cientos de tonos musicales.  Hay quienes logran hazañas asombrosas y llevan al hombre a la luna, llenan de hermosura la Capilla Sixtina, escribenOtelo o construyen el Taj Mahal .  

El cerebro también puede ser incompresible, abominable: Las grandes guerras, el hambre, los campos de exterminio, los asesinos seriales y la dependencia a las drogas tienen su explicación en el cerebro. Nuestro cerebro es cielo, pero también es infierno.

Por mi profesión, tengo el enorme privilegio de convivir con múltiples expresiones del cerebro.  No es raro encontrarme con casos sumamente interesantes que me obligan a estudiar más, a querer más esta vocación que me escogió hace algunas décadas, a maravillarme más de la naturaleza humana.  Uno de estos casos es el de una paciente con un tipo muy particular de epilepsia, cuyas crisis le provocaban una plena sensación de placer y alegría, al punto de obligarla a reír a carcajadas y aplaudir durante varios minutos. Disfrutaba sus crisis; – “nunca me he sentido tan feliz” – decía.  La enfermedad se manifestó desde la adolescencia con episodios más o menos frecuentes que, sin embargo, no afectaron su desempeño escolar o sus relaciones sociales.  Cuando, ya de adulta, una de estas crisis ocurrió en un funeral la situación se puso bastante tensa.  Le obligaron a salir del lugar, criticándola por no poder guardar la compostura, bajo la mirada ofendida de la viuda, mientras ella no paraba de reír.  Los episodios se repitieron en el trabajo y en otros momentos inapropiados, por lo que tanto ella como sus familiares decidieron buscar ayuda.

Respondió espléndidamente al tratamiento, y hasta la última consulta tenía tres años sin crisis.  Hace tiempo que no visita mi consultorio; por eso, cuando un día la encontré en la calle, me acerqué a saludarla.  Estaba tranquila, tan amable como siempre, pero tenía en su mirada un dejo de nostalgia difícil de describir.  La pregunta obligada, –¿cómo ha estado? – esperando de antemano la respuesta que alimentara mi ego, quizás agradeciéndome enormemente por haberla curado y permitirle encasillarse en lo que la gente llama normal.  – Devuélvame la risa, doctor; no me siento feliz – dijo pausadamente, como suplicando.  Si el tratamiento de una enfermedad tiene como objetivo colocar al paciente en una condición de bienestar, parece que en este caso el resultado fue bastante adverso.  Ya sincerándose, bajando la voz, confesó que de vez en cuando dejaba de tomar sus medicamentos y esperaba, como la Penélope de Serrat, a que regresara su viejo amante para decirle entre aplausos y carcajadas: “Eres tú a quien yo espero